Sociedades Americanas en 1828

La juventud americana necesita abrir los ojos sobre su situación, y los niños tienen que aprender a leer. Los jóvenes que han de reemplazar a los padres de hoy, deben pensar y escribir mejor que sus abuelos, si quieren que en América haya patria y lengua. Esto no lo conseguirán con escrúpulos, ni con burlas, ni con puntitos de erudición.
Simón Rodríguez, en Sociedades Americanas en 1828



domingo, 30 de noviembre de 2014

Antonio José de Sucre, el mejor General de Colombia





 
Antonio José de Sucre integra el grupo de los cinco varones eximios de Venezuela en el siglo diecinueve. Los otros se llaman Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Andrés Bello y Simón Rodríguez. 
Con esas palabras, el fallecido historiador y también profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela, UCV, Alfonso Rumazo González, inició el prólogo del libro Antonio José de Sucre /Documentos Selectos, de la serie Inventamos o erramos, de la Biblioteca Popular para los Consejos Comunales, publicado por la Fundación Editorial el perro y la rana, una edición cedida por la Fundación Biblioteca Ayacucho.
La fuerza -en todos los aspectos- que tuvo y mantiene Simón Bolívar quizá ha influido -sin desmerecimiento alguno- en que poco hayamos descubierto sobre la personalidad del guerrero cumanés Antonio José de Sucre y mas en estos 15 años de la Revolución Bolivariana.
Refirió el historiador lo que escribió el general O'Leary - Quien fuera edecán del Libertador por años- escribió sobre el héroe de Ayacucho: “Era el mejor General de Colombia; tenía bravura personal, adivinaba a simple vista, y era infatigable. Hacía todo él mismo, escribía su propia correspondencia, examinaba cada cosa, conducía el espionaje, hacía reconocimientos, visitaba día y noche las avanzadas, examinaba incluso las raciones que se daban a la tropa. Y aún así, no gozaba de muchas simpatías en el ejército. Era un hombre muy orgulloso. Comandante en Jefe del ejército peruano y del aliado, en el Perú en 1823, les habló a los generales así:
- Probablemente ustedes suponen, porque soy inferior en rango a algunos y mas joven que otros, que yo voy a relajar la disciplina. Ustedes se engañan. Yo debo ser obedecido; conozco mi deber y lo cumpliré, y ustedes deben cumplir el suyo. Yo no quiero sus consejos sino su obediencia; yo he ganado victorias anteriormente, sin su asistencia!
En camino a la vida dura
Cuenta el profesor Rumazo González que cuando estalla la revolución de independencia en Caracas, el 19 de abril de 1810, Sucre estaba en la Escuela de Ingenieros, donde aprendió matemática, geometría, álgebra, topografía, agrimensura, fortificación y artillería durante cuatro o cinco años. Fue llamado a Cumaná y allá entra al ejército como oficial de las Milicias Regladas, en el cuerpo de ingenieros.
“Rueda hacia la vida dura -reseña el fallecido profesor de historia-, de sacrificio, demasiado pronto; sus estudios han quedado interrumpidos; también las alegrías y la abundancia. Pónenle a disciplinar reclutas. Necesitará volverse autodidáctico, leyendo mucho, estudiando sin método, absorbiendo conocimientos y experiencias simultáneamente, en una muy difícil brega.
Nos explica el historiador que Sucre vivió en campaña, esa situación tensa durante unos 14 años. “Y aún después de la emancipación, habrá de afrontar el prócer la guerra contra el Perú invasor, al que derrotará en Tarqui. En el inicio de la vasta hazaña conocerá a Miranda, en la toma de Valencia. Aprenderá ahí el significado realista de la palabra guerra; 800 muertos, mas de 1.500 heridos solo en el lado suyo, el republicano. Por primera vez, ante esos ojos juveniles de diecisiete años, la sangre y el estertor de los que mueren, hombres y caballos: ayes, blasfemias, relinchos, gritos de ira y dolor, maldiciones, todo mezclado con balas y polvo, lanzazos y calor quemante; el humo y la furia satánica se retuercen; todo se vuelve monstruoso; los soldados matan con odio y rencor; hay rictus feroces. Muchas veces se repitieron estas graves escenas, en las batallas, en los combates. El jefe no puede ser sentimental; sereno, impávido, alerta al máximum, ha de regir el choque para obtener la victoria, lo único importante en ese trágico trabarse.
Antonio José de Sucre no las tuvo fáciles, salvo en los tiempos de su juventud: Hijo de una familia aristocrática, con muchas casas, esclavos y dinero abundante, un padre coronel e imaginamos que con muchas relaciones quizá no imaginaría ese increíble y futuro acontecer que le esperaba. 
La grandeza peldaño a peldaño
Cuando decimos que hemos conocido muy poco del Gran Mariscal de Ayacucho, reiteramos la ignorancia al respecto. Antonio José de Sucre no fue bañado por la aristocracia familiar pues, todo se lo ganó a punta de dedicación:
“No hubo para él, el subteniente  de quince años –escribió Rumazo González en el prólogo-, sino e ascenso militar de peldaño en peldaño, de grado en grado, cuando otros se autodenominaron directamente  coroneles o generales. No se le permitió el salto; su comportamiento  aristocrático  y su costumbre de hablar  solo lo indispensable, le produjeron distanciamiento. Dos años tardó en legar a teniente; luego mediante sus capacidades, valentía, serenidad  y sentido increíble de previsión, ascendió a comandante, al dirigir la artillería en el sitio de Cartagena, en 1815. Sus armas –las estudiadas teóricamente en la Escuela de Ingenieros de Mires- fueron la infantería y la artillería. Llegó  a la gallarda fecha  de los veintiún años  con el grado de coronel; a los pocos meses, el general Mariño le ascendió  a Mayor General. Bolívar en Angostura al descubrir su inmenso valor militar, hízole General de Brigada, en el lapso del celebérrimo Congreso de esa ciudad del Orinoco.
Añade el historiador Rumazo González que por la capacidad que había demostrado Antonio José de Sucre, le encomendaron “el mando de la Legión Británica en el Apure –una legión muy difícil de gobernar-; a él, por experto, se le encargó la compra de armas en las Antillas (armas inglesas). Y a los 25 años, llevóle el Libertador  a la inmensa responsabilidad de Jefe de Estado Mayor General, para enviarlo con esa dignidad y esa autoridad a la magna campaña del Sur (el Ecuador y el Perú, no libertados todavía). El otro ascenso, el postrero, se lo conquistó directamente el cumanés en la batalla final de la independencia; se le nombró entonces, con honor único e inigualable, Gran Mariscal de Ayacucho. Allá, Sucre hubiese podido decir lo que Napoleón  exclamó ante Cadoudal: “¡Uníos todos a mi gloria!”.  Ese día emergió una evidencia que tal vez muchos no habían descubierto todavía: la de que el Mariscal  era un hombre insustituible; el único militar  supercapaz, después de Bolívar; su único posible sucesor.                   
   
Antonio José de Sucre
DOCUMENTOS SELECTOS
Biblioteca Popular para los Consejos Comunales
serie Inventamos o erramos
Fundación Editorial el perro y la rana



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