Sociedades Americanas en 1828

La juventud americana necesita abrir los ojos sobre su situación, y los niños tienen que aprender a leer. Los jóvenes que han de reemplazar a los padres de hoy, deben pensar y escribir mejor que sus abuelos, si quieren que en América haya patria y lengua. Esto no lo conseguirán con escrúpulos, ni con burlas, ni con puntitos de erudición.
Simón Rodríguez, en Sociedades Americanas en 1828



domingo, 6 de diciembre de 2009

La iglesia en la caída de la Primera República



Cuando la caída de la Primera República, Simón Bolívar, desde Cartagena de Indias, “trata de buscar las causas de tan nefasto hecho” y por eso lo expresa en su Manifiesto en 1812, escribe Jonás Flores, educador y Magíster en Historia de Venezuela, de la Universidad de Carabobo, en su libro Postura de la Iglesia católica en el proceso de emancipación de Venezuela (1), una investigación que formó parte de su trabajo de grado.
A nivel de la página 41, cuando hace referencia al intertítulo Injerencia de la Iglesia en la caída del primer Estado Venezolano, comenta Flores que “Las inquietudes de Bolívar llegan hasta nuestros días: ¿No tendría nada que ver la Santa Madre Iglesia? Le horroriza al Libertador la posición de la Iglesia católica incluyendo en tan valioso documento las siguientes palabras:
-Es muy probable que al expirar la Península, haya una prodigiosa emigración de hombres de todas clases, y particularmente de cardenales, arzobispos, obispos, canónigos y clérigos revolucionarios capaces de subvertir, no sólo nuestros tiernos y lánguidos Estados, sino de envolver al Nuevo Mundo entero en una espantosa anarquía. La influencia religiosa, el imperio de la dominación civil y militar, y cuantos prestigios puedan obrar sobre el espíritu humano, serán otros tantos instrumentos que se valdrán para someter a estas regiones. (2)
Refiere el autor que sería deshonesto responsabilizar exclusivamente a la Iglesia de la caída de la Primera República, “sin embargo en el análisis de Bolívar en cuanto a las causas probables de la caída de la Primera República en este famoso manifiesto, explica en qué sentido el clero fue responsable de este hecho.
Flores, quien se graduó en Educación mención Teología por la Corporación Universitaria Adventista, en 1984, no deja a un lado la cuestión del terremoto del 26 de marzo de 1812 y el impacto que pudo causar en lo que denominó “los espíritus supersticiosos e ignorantes, quienes, gracias a la influencia del clero, aseveraban que dicho terremoto era un castigo de Dios por haberse sublevado contra Fernando VII. Para mayor estigma, la destitución del Capitán General Vicente Emparan había ocurrido un Jueves Santo del 19 de abril de 1810, y precisamente este terremoto ocurrió un Jueves Santo de 1812”.
Comenta Flores en su libro que, Arístides Rojas(1891), en las Leyendas históricas de Venezuela que,”…los fanáticos bajo el dominio del clero lanzaban sus consignas diciendo:
-en Jueves Santo lo hicieron, en Jueves Santo lo pagaron-
Y más adelante, el autor refiere que “De una hoja suelta, impresa en el taller caraqueño de Juan Baillío en abril de 1812, titulada El terremoto: ¿castigo de Dios?, dirigida a los militares de Caracas, se argumentan una serie de razones para no creer en el fanatismo popular alentado por el clero.
Valiéndose de la superstición y el engaño
Igualmente escribe Jonás Flores que el poder de los religiosos, durante siglos, “…se había valido de la superstición y el engaño para cauterizar las conciencias. El ser humano apegado por naturaleza a lo trascendente, admirando lo inexplicable y lo que no se ve, ha sido víctima de cuantas fábulas, especulaciones y tradiciones inventadas por los maestros de la religión, sometiendo al ser humano a sus intereses y teorías. Y es que el terremoto de 1812 es sólo un hecho aislado en la historia venezolana de cómo el clero se ha valido0 de estos instrumentos para preservar su infalible religión, porque pareciera que el fin justificara los medios, aunque se violen los preceptos más sagrados”.

(1)
FLORES, Jonás
Postura de la Iglesia católica en el proceso de emancipación de Venezuela
Colección Cada día un libro
Editorial El perro y la rana. 2007

(2)
Documentos que hicieron historia, Tomo I
Presidencia de la República
Ediciones Conmemorativas del sesquicentenario de la independencia. 1962

Bosch, el año 1814 y el siglo XXI

Nos hemos detenido en “Bolívar y la Guerra Social”, del ensayista, historiador y político dominicano fallecido, Juan Bosch, porque no sólo ilustra un hecho real que aconteció y sigue aconteciendo en Latinoamérica y el mundo, sino que muestra la triste indolencia y falta de solidaridad y de amor por la gente de muchos gobernantes del mundo, que sienten una persistente adicción por el individualismo, el poder, el uso de la fuerza contra los desvalidos, el lucro, los placeres y desprecio por los valores de la humanidad, antes que inclinarse por la satisfacción de las necesidades económicas y sociales de la población.

De acuerdo al expresidente de República Dominicana, la guerra social en Venezuela alcanzó su mayor intensidad de “horror y destrucción” en 1814 y fue un año que determinó mucho en la vida del Libertador Simón Bolívar. “Las huellas que dejó el 1814 en el ánimo del Libertador iban a producir varias repúblicas americanas. El recuerdo de la ferocidad desatada por los llaneros de Boves le empujó hasta las alturas de Potosí, en los Andes del Sur”.
Comenta el ensayista que Bolívar, recién cumplidos los treinta años, había recibido en 1813 los títulos de Libertador y de Capitán General de los ejércitos republicanos y para ese entonces, el asturiano José Tomás Boves, quien alcanzaba la misma edad, comenzaba a destacarse en el llano venezolano como jefe de hombres.
“Boves era el antiBolívar; no porque se enfrentara a éste en la guerra, ni porque él hubiera abrazado la bandera del rey mientras Bolívar abrazaba la de la república; no porque él fuera inculto mientras el otro cultísimo, él español y el otro criollo, él pobre y Bolívar rico; sino porque Bolívar pensaba y actuaba en términos de sociedad, y por eso su lucha se dirigía a la creación de un Estado, y Boves sentía y actuaba en términos de masa, y esa masa se hallaba en guerra contra la sociedad de la cual había sido parte”.
Una organización social intolerable
Y luego, el historiador profundiza en el análisis al decir que la masa (los que seguían a Boves) no significa sociedad, sino que está contenida en ésta última y nunca una parte es el todo y, de hecho, pudiera ser que una parte someta al todo bajo su control, “…pero en situaciones normales la parte no se rebela ante el todo. Si la parte –esto es, la masa- se rebeló en Venezuela contra el todo –es decir, la sociedad- se debió a que los tiempos no eran normales; y cuando lo fueron, antes de la rebelión de la masa, los que se beneficiaban era una minoría que sostenía a hierro y sangre una organización social intolerable, que no permitía el menor cambio”.
Decimos, sin temor a la crítica exacerbada de algunos en el tiempo, que precisamente en el nacer de este siglo XXI, ha surgido un liderazgo de hombres y mujeres inclinados por mejorar las cosas, propensos a los cambios, deslastrados, unos más que otros, del individualismo y el egoísmo acerado que ha maltratado a los pueblos del mundo.
Ese liderazgo, como es obvio entender, lo que ha hecho es ir enterrando la guerra social que a veces asoma en alguna de nuestras naciones latinoamericanas y del resto del mundo. Los nombres de esos pueblos, afortunadamente, están a la vista y al oído de todo el mundo, en los impresos, la televisión y la radio y al instante de todos, gracias a la Internet.

A título de ejemplo, valga destacar que el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Argentina) fue sede en 2007 del Encuentro de la Cultura por la integración de los pueblos de nuestra América y allí, en el Manifiesto de Buenos Aires, firmado por intelectuales de nuestra América, se enfatiza en la esperanza de los pueblos cuando indicaron:
“El siglo XXI se abre con nuevos desafíos políticos para nuestra América. Después de la larga noche impuesta por las dictaduras en el cono sur latinoamericano, en las décadas de los 80 y 9ontinuación de la aplicación de las políticas neoliberales con la llegada de las democracias formales que las sucedieron, asistimos en el subcontinente a un renacer de nuestra identidad y de las aspiraciones de cambio, materializadas en procesos como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador, así como en la realidad permanente de la experiencia cubana

jueves, 19 de noviembre de 2009

El nuevo liderazgo impide la guerra social (Segunda entrega)


El expresidente dominicano Juan Bosch, en su libro Bolívar y la Guerra Social, refiere que “La segunda parte de la guerra social venezolana hubiera podido evitarse únicamente mediante la transformación de las condiciones sociales y económicas del país”, lo que en estos días nos recuerdan las palabras de la vanguardia de presidentes latinoamericanos que están al frente de los cambios en este continente sureño.

Esos nuevos dignatarios de este tiempo, precisamente están hablando de reconocer a las personas, conocer sus necesidades y, en consecuencia, buscar y profundizar en aquellas acciones que permitan que los pueblos abandonen la ignorancia, recuperen y mantengan su salud, se desarrollen, tengan mejores oportunidades, valga decir, los nuevos líderes suramericanos con sus liderazgos y su accionar, están impidiendo que ocurra una guerra social en estas tierras y haya un bienestar para la población. Eso es lo que sucede en estos momentos históricos del siglo XXI.
Escribe el ensayista que “…el genio de Bolívar produjo resultados de gran utilidad a la historia americana, pues con los llaneros que sacó de Venezuela libertó a Nueva Granada, Ecuador, Perú y Bolivia. Otro con menos categoría que él hubiera pretendido resolver el problema llevando al patíbulo a los jefes de los posibles revolucionarios –y de hecho, él comenzó a actuar así cuando fusiló a Piar-. A su claro juicio político, pues, hay que atribuir la desviación de la guerra social venezolana hacia una guerra libertadora americana, y no a falta de condiciones para imponer el terror”.
El terror no detiene una revolución
A juicio de Bosch, el Libertador “fue el hombre de la guerra a muerte, el que ordenó los fusilamientos de La Guaira. No le temía a la sangre derramada. De manera que si hubiera creído que con el uso del terror podía evitar el renacimiento de la guerra social en su país, lo habría hecho sin la menor duda. Pero el Libertador sabía que los alcances del terror tienen un límite. El terror puede evitar un levantamiento caudillista, paralizar ambiciones pequeñas, contener durante cierto tiempo una fuerza social. Pero es incapaz de detener para siempre una verdadera revolución”.
Continúa el intelectual dominicano señalando que, “…en el punto en que se hallaban los conocimientos de la época, hubiera sido imposible que Bolívar tuviera idea de cómo podía evitarse, en forma radical, el renuevo de la guerra social venezolana. La guerra social que inició Monteverde y que encarnó Boves había tenido el propósito inconsciente de igualar a los de abajo con los de arriba mediante la destrucción de los de arriba. Para hacer iguales al llanero sin más amparo que su lanza y su caballo y al mantuano dueño de tierras, esclavos, casa y oro, el camino más corto era hacer desaparecer a los mantuanos; y eso hicieron los soldados de Boves. La igualación no se buscó mediante la creación de un Estado que la garantizara y la mantuviera con la autoridad de la ley; se buscó mediante la destrucción del mantuanismo. La guerra social venezolana de 1812 a 1814 fue, pues, destructora, no creadora. Sólo Bolívar trató de buscarles, y les ofreció, una salida creadora a los que la habían hecho.
Un asunto importante que escribe Bosch, es cuando refiere que “Para convertir esa guerra social en nacional libertadora –es decir de independencia-, Bolívar decretó en 1813 la guerra a muerte. Mediante el debatido decreto de Trujillo, el joven general mantuano dividió a los combatientes de la guerra social en dos bandos: españoles y venezolanos. En ese momento, Bolívar pretendía separar a los jefes de la guerra social, que eran españoles, de los venezolanos que les seguían. Pero sucedía que en la lucha estaba presente, aunque en medida menos importante, un factor que podríamos calificar como guerra civil entre españoles; había republicanos españoles combatiendo contra españoles realistas. Bolívar quiso preservar para Venezuela a esos españoles republicanos, y así se explica que en el decreto de Trujillo ofreciera garantías a los españoles y canarios que combatieran en las filas libertadoras”.
Bosch dice que el esfuerzo hecho por Simón Bolívar en 1813 “…estaba destinado a fracasar, porque había una guerra social en marcha y sólo la muerte de sus jefes la detendría. El decreto de guerra a muerte que Bolívar lanzó como un rayo en medio de la tormenta, no logró darle regularidad a la guerra a muerte que se llevaba a cabo en toda Venezuela desde hacía algún tiempo. Si el joven general venezolano hubiera dicho como el general haitiano Jean Jacques Dessalines, que debía desaparecer del país toda una raza, hubiera podido definir mejor la guerra social, como se definió en Haití”.



miércoles, 18 de noviembre de 2009

Juan Bosch, Bolívar y la Guerra Social (Primera entrega)

Aún cuando la primera edición de Bolívar y la Guerra Social fue hecha en Buenos Aires, Argentina, en 1966 y la primera en Santo Domingo once años después, este importante libro del profesor Juan Bosch tuvo su octava edición en 2005 y es muy probable que continúe siendo editado, por la teoría que expone allí el fallecido e ilustre dominicano, en el sentido de que -Las guerras sociales americanas fueron provocadas por antagonismos raciales, económicos y sociales que no tenían solución pacífica. En número han sido las menos; pero en intensidad y en resultados han sido las más importantes.
Es valedero señalar que este destacado caribeño, fue ensayista, precursor del cuento en su país, Premio Novela Nacional de Literatura con su novela El oro y la paz, historiador, político y Presidente en 1963.
Considera el Dr. Bosch que de las conocidas como guerras de independencia ha sido la venezolana la que más ha llamado la atención de los investigadores de la historia, con muchas razones para cautivar a escritores, poetas y pintores. Una de tales razones es Simón Bolívar, la presencia de figuras como Sucre y Páez, el amplísimo escenario en que fue realizada la campaña militar y, como detalle importante y destacado,…el fruto que dio: cinco repúblicas libres por acción directa y varias más por acción indirecta.
Una guerra social que crecía en intensidad
Y así escribió que, Pero sucede que esa guerra, que cubrió costas de tres mares, llanuras inmensas y montañas gigantes en varios millones de kilómetros cuadrados, no fue una simple guerra de independencia. Pocos acontecimientos históricos, en el mundo americano, tienen causas tan diversas operando a la vez como esa guerra de trece años. Lo que comenzó siendo en 1810 una declaración de autonomía de la provincia de Venezuela y se convirtió en julio de 1811 en declaración de independencia y en establecimiento de un Estado federal –todo ello sin que apenas se derramara sangre-, pasó a ser en 1812 una guerra social que fue creciendo en intensidad, en crueldad y en capacidad destructora, hasta llegar a ser la razón oculta de la vasta acción libertadora de Simón Bolívar.

Para Bosch, la guerra social acaecida entre 1812 y 1814 generó resultados inmediatos y tardíos y pasa a explicar que Los primeros significaron la destrucción física de la nobleza criolla, los mantuanos que proclamaron la independencia; los segundos resultaron, desde el punto de vista de la lógica aparente de la historia, los más inesperados. Pues fueron los mismos hombres que aniquilaron a los independentistas de Venezuela los que hicieron bajo el mando de Bolívar la independencia de ese país y de varios más, y fue el miedo de Bolívar a que la guerra social se reprodujera en Venezuela lo que le llevó hasta el Potosí y lo que le hubiera llevado, de permitirlo la situación política internacional, hasta Cuba y Puerto Rico.

Puntualiza el fallecido expresidente dominicano que Bolívar llegó como Libertador hasta los Andes del Sur porque necesitaba alejar de Venezuela a los que podían reiniciar en cualquier momento la obra de Boves. Vano intento el suyo, pues como las condiciones sociales que hicieron posible la aparición de Boves permanecieron sin transformación, a mitad del siglo XIX, cuando todavía no habían comenzado a pudrirse los huesos del Libertador, Venezuela volvió a ser el escenario de otra guerra social de poder destructor parecido al de la primera. De al reconocido ensayista, esa fue la Guerra Federal al frente de la cual estaba Ezequiel Zamora. Su bandera no era la del absolutismo de Fernando Séptimo sino la del liberalismo que predicó Antonio Leocadio Guzmán; sin embargo, a pesar de las diferencias entre las nacionalidades, las ideas y las banderas de sus jefes, la Guerra Federal fue una segunda parte de la Guerra Social, ni más ni menos. De manera que el miedo de Bolívar había tenido razón de ser, y la historia lo justificó.

lunes, 2 de noviembre de 2009

El otro Bolívar


En Simón Bolívar y el nacionalismo del Tercer Mundo, el historiador uruguayo Vivián Trías se pasea por el lado más mundano del Libertador y si bien habla de lo sencillo y afable que era el guerrero en su “trato con los soldados, hombres, mujeres y niños del común, conlleva el mito, la aureola mágica de la leyenda” y luego añade “Porque además esté el otro Bolívar, el elegante general con botas renegridas a la Wellington y coruscantes entorchados”.

Para este ensayista, era Simón Bolívar el “sibarita gustador de añejos vinos y de selectos manjares, el bailarín incansable y alegre que danza la noche entera entre rasos, peinetones y atrevidos miriñaques, después de cabalgar a lomo de mula, interminables leguas por polvorientos caminos (el baile es la poesía del movimiento)”.

Es, un ilustrado lector de Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Bentham y en su equipaje de campaña siempre estará un manoseado ejemplar del Quijote. “Bolívar vive con una plenitud y una avidez inusitada, una vida total, compleja, proteica, contradictoria. Lo aburre lo cotidiano, no ha sido hecho para la rutina. No es un gobernante administrador, papelista empedernido, sumido a la letrilla de la Ley. Su mente vuela sobre las cumbres como el águila, atenta a las grandes magnitudes, a las lontananzas de la historia a las cosmovisiones imaginativas, sus miradas son escrutadoras y futuristas”.

Sigue Trías en su particular descripción y escribe que alguna vez habría dicho: “Santander es el hombre de las leyes, Sucre el hombre de la guerra y yo el hombre de las dificultades”.

“Su sutil pensamiento –continúa Trías- no puede estarse quieto, va y viene, corre de un tema a otro. Disfruta analizando la historia que él mismo hace. Es su propio y lúcido espectador. Se complace en la filosofía política de su propia acción; exégeta y actor al mismo tiempo. Posee el donde la belleza; lo que Rodó llama la forma plástica del heroísmo y de la gloria. Es una espléndida pluma, un estadista que ha derramado oro fino en discursos y misivas. De sus cartas escribe Rodó: El poema de su vida está allí. Muy hermosas son sus esquelas de amor. Bolívar parece transfigurarse en cada uno de sus incontables amoríos. La leyenda de sus lances sigue, como una rosada sombra, a su fama política y militar. Cada vez que se enamora reincide las ascuas de su carne y de su ternura. Sus pasiones son interludios entre batallas. Tal vez de allí provenga esa intensidad que se consume así misma. Es que el último beso de la noche, puede enlazarse con el balazo mortal de la mañana.

Y abunda en esa visión este intelectual, refundador del partido Socialista Uruguayo y conocido como uno de los grandes exponentes del revisionismo histórico socialista latinoamericano:

Ana Lenoit en Salamina, Josefina Machado en Caracas, Julia Cobier en Jamaica, Manuela Madroño en Huayala, etcétera; pero siempre, siempre, la querida Manuela Sáenz, la hermosa y alocada quiteña. Manuel, escandalosa y fanática, es una herida sangrante en el prestigio del caudillo, pero excitante, dulce y necesaria para el hombre. Sus últimas cartas destilan encanto: “el hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que está expirando.

domingo, 25 de octubre de 2009

Bolívar: La tempestad revolucionartia lo reveló


El historiador e intelectual uruguayo Vivián Trías, en su ensayo Simón Bolívar y el nacionalismo del Tercer Mundo, (1) al tratar el tema del caudillaje y, por supuesto, referirse al Libertador, escribió que “Los caudillos emergen en días revueltos, caóticos, de abruptas mutaciones; cuando las gentes pierden el rumbo, se desorientan y claman por quien las conduzca y marque el norte con seguridad y convicción. Son, en suma, hijos de las crisis.”
De seguidas, el ensayista describe con fuerza lo que él consideraba las circunstancias de la vida que abonarían el liderazgo del político y militar suramericano:
“Simón Bolívar, joven, rico y educado mantuano que ha paseado por Europa, que ha sido presentado a reyes, que fue testigo de la coronación de Napoleón y contertulio de encumbrados sabios (Bompland le enseñó: -las revoluciones producen sus hombres-; que conoció, primero, la dolorosa herida de una viudez temprana y luego, dice José Enrique Rodó (2), -deshojó las rosas de sus veinte años- en los salones de París, se erige en jefe carismático y tremendo, envuelto en las borrascas del hundimiento del Imperio Español
Habla de su genio, del cual dice “alentaba, agazapado, en los entresijos de la sociedad americana. La tempestad revolucionaria lo reveló y lo lanzó al ruedo de la historia”.
En las siguientes líneas sigue con Rodó, quien apuntaba entonces que existían próceres de “virtudes ecuménicas, casi abstractas; que no desentonan en ningún medio, porque son caracteres de validez universal” y coloca el ejemplo de José de San Martín.

Inconcebible fuera de la América Hispana
“Bolívar, en cambio, es inconcebible fuera de la América Hispana , india, mestiza, fuera de sus ámbitos de mayestáticas montañas y ríos tumultuosos, de áridos desiertos y valles verdeantes”
“Es el barro de América –otra vez Rodó- atravesado por el soplo del genio…” Lo que explica no pocas de sus contradicciones, de sus contradicciones, de sus íntimas desavenencias. Convoca en su entorno a un inmenso movimiento nacional y popular que reúne distintas clases sociales (y hasta opuestas en sus intereses), expresa a regiones disímiles y, aun, rivales, sintetiza pasiones encontradas, conduce ese torrente desbordado, desigual, bullente, a la meta común de la independencia y de la nacional”.
Y luego Trías se pregunta:
¿Cómo pretender de sus gestos, o de sus juicios, la límpida geometría de la línea recta?” Y luego el mismo ofrece la respuesta:
Su trayectoria y su pensamiento son como el horizonte, quebrado e irregular si se le mira de cerca; nítido, terso, sin la menor vacilación, si se le observa a la distancia. Bolívar mismo lo reclamó: Para juzgar bien de las revoluciones y de sus actores, es preciso observarlas muy de cerca y juzgarlos muy de lejos.
Vivián Trías retorna al tema del caudillismo y lo califica de dual, dicotómico y dialéctico y añade que “El caudillo es inconcebible sin las masas, por ellas es determinado y a ellas determina. Son indesligables. El caudillo es la consecuencia de una necesidad histórica, surge para satisfacerla, es su depositario. Los pueblos lo encumbran a su liderazgo porque es capaz de clarificar las tinieblas que los confunden, de abrir la ruta salvadora en la oscuridad del acoso. Creen en él, confían en él porque lo ven, a un tiempo, su igual y su superior; captan su sincera identificación con su humillada marginalidad y admiran su destreza en el ejercicio de las aptitudes que más respetan”.

Capaz de atisbar lo que esté por venir
“Pero también intuyen en él –escribió el fallecido intelectual-, a quien es capaz de atisbar lo que esté por venir, lo que aún no ha sucedido, lo que yace subrepticio y expectante en la extraña turbia de los sucesos. El caudillo expresa
A las masas. Su visión enfoca e ilumina lo que aquellas apenas entrevén. Formula con pulcritud y sencillez sorprendentes, lo que ellas presienten borrosamente dentro de si.
Definitivamente que el ensayo del historiador Trías atrapa a los lectores pues, escrito de una manera sencilla y fácil de leer, expone también su fibra de intelectual.
Refiere el ensayista uruguayo que el caudillo es un ser que se prueba en las derrotas, cuando factores adversos le atosigan. “Entonces demuestra su tenacidad, su sabiduría, su habilidad para manejar los hechos apremiantes, para sortear las trampas del enemigo y desbaratar intrigas y traiciones en las propias filas. Lo ven siempre enhiesto, resuelto, desafiante y seguro de sí. Aprenden a fiarse de él, se habitúan a obedecerlo y a seguirlo porque saben de su acierto a la corta, o a la larga. Los más grandes caudillos son taumaturgos de la historia; convierten las derrotas más desoladoras en victorias deslumbrantes”.



(1)Vivián Trías, Simón Bolívar y el nacionalismo del Tercer Mundo, Co-edición Editorial El perro y la rana y Ediciones Emancipación, 2008.
(2) José Enrique Rodó, Bolívar en El Mirador de Próspero, Ed. José María Serrano, 1913, Montevideo.

sábado, 10 de octubre de 2009

Desencanto por la disolución de Colombia


El inconmensurable legado de Andrés Bello

Formar, encaminar y alumbrar a los pueblos americanos es uno de sus grandes legados al continente del Americano Ilustre


Manuel López

Andrés Bello fue es uno más entusiastas forjadores del ser americanista de las nuevas sociedades emancipadas. No solo por los aportes a la gesta de independencia, sino por los esfuerzos por darle personalidad propia al castellano hablado en la América hispana con su Gramática de la lengua castellana.
El filólogo e intelectual Ángel Rosenblat decía que “Andrés Bello es, sin duda, el primer humanista de nuestra América, una especie de Goethe hispanoamericano”. Su fervor a la Patria Bolivariana aunque inconfesa está plasmada en el poema Canto a la disolución de Colombia, en el que expresa su desilusión con los gobernantes que no supieron mantener el legado de Simón Bolívar, la unión de Colombia: “Mirad, mirad en cuál congoja y duelo / a la Patria sumís, que la unión santa / con voz llorosa invoca y suplicante”.
Su poesía es la obra íntima de toda la vida, su biografía espiritual, dice de su obra poética Fernando Paz Castillo, mientras que Arturo Uslar Pietri lo ve como pedagogo. “No fue movido tan sólo por el amor de la belleza literaria y por el placer de conocer. En todo momento parece sentir que le está encomendada una misión primordial, la de enseñar, encaminar y alumbrar”.
La inmensa tarea que se echó sobre sus hombres a favor de la educación de sus hermanos del continente es otro de sus legados a los pueblos americanos. Maestro del Libertador, integrante de la misión diplomática que viajó a Londres para solicitar apoyo a la causa independentista de los patriotas venezolanos en 1810, su infancia y juventud correspondieron a las últimas tres décadas coloniales hasta 1810.
Sin perder de vista a América
Fue ese año que los acontecimientos políticos lo llevaron al viejo mundo, un viaje que duró 19 años y del que no volvió a su patria. Su permanencia en la capital del imperio británico es considerara por algunos historiadores fundamental para su formación intelectual y la universalización de sus ideas. Asiduo visitante de la biblioteca de Francisco de Miranda en Londres, Bello no pierde de vista a América, la estudia y analiza en la búsqueda de una comprensión razonada del hecho americano.
Bello decide su regreso a América el 14 de febrero de 1829 y por circunstancias del destino no llega a Caracas, sino que lo acogen en Santiago de Chile, una jugada del destino que sella su vida hasta el final de sus días y que reafirma su visión americanista. Las sociedades americanas deben construirse su propio rumbo, reiteraba con insistencia el intelectual universal.
Educador de raíz
Un gran movimiento surge y barrerá con todos los obstáculos que se le opongan, decía el insigne maestro de América, Andrés Bello, con referencia a la potencialidad de la formación del pueblo. La instrucción debe ser inteligible, que los niños entiendan lo que aprendan, agregaba el maestro del Libertador, un defensor en tiempos remotos, en el siglo XIX, de la educación popular.
“La universal difusión de los conocimientos", la catalogaba el avezado intelectual, creador de la Gramática castellana, como una necesidad de los pueblos para su avance. Bello fue un defensor de la educación para todos y todas, porque es un instrumento de liberación.
Americano ilustre
Andrés de Jesús María y José Bello López nació en Caracas el 29 de noviembre de 1781 y murió en Santiago de Chile, 15 de octubre de 1865. Fue uno de los humanistas más importantes del continente americano a lo largo del siglo XIX. Filósofo, poeta, filólogo, educador y jurista vivió en la capital de la Capitanía General de Venezuela hasta 1810. De una profunda educación, participó en el proceso revolucionario que llevaría a la independencia de su país. Como parte del bando revolucionario, integró una misión diplomática a Londres, lugar en el que residiría por casi dos décadas, realizando diversas labores. En 1829 se embarca para Chile, donde es contratado por el Gobierno para realizar diversas labores en el campo del derecho y las humanidades, fue tan reconocido su trabajo que le otorgaron la nacionalidad chilena por gracia.
En Santiago alcanzaría a desempeñar cargos como senador y profesor, además de dirigir diversos periódicos del lugar. En su desempeño como legislador sería el principal impulsor y redactor del Código civil, una de las obras jurídicas americanas más novedosas e influyentes de su época. Bajo su inspiración y con su decisivo apoyo, en 1842, se crea la Universidad de Chile, institución de la que se convertirá en su primer rector por más de dos décadas. Entre sus principales obras se cuenta: Gramática de la lengua castellana, Principios del derecho de gentes, la poesía Silva a la agricultura de la zona tórrida y el Resumen de la historia de Venezuela.