Sociedades Americanas en 1828

La juventud americana necesita abrir los ojos sobre su situación, y los niños tienen que aprender a leer. Los jóvenes que han de reemplazar a los padres de hoy, deben pensar y escribir mejor que sus abuelos, si quieren que en América haya patria y lengua. Esto no lo conseguirán con escrúpulos, ni con burlas, ni con puntitos de erudición.
Simón Rodríguez, en Sociedades Americanas en 1828



sábado, 24 de abril de 2010

Los tiempos de independencia, el gran aprendizaje


Los tiempos de independencia nunca, en ningún lugar del mundo han sido fáciles, ni en un continente ni en otro, ni en un idioma conocido o desconocido, simplemente es el sentir del ser humano por ser libre, amoroso, protector de su familia, con fe en un futuro mejor, y lleno de solidaridad, ya que por fuerza de esa sustancia origina la gran igualdad.
Así de simple y millonaria (por usar un derivado término que al final es vulgar), es la vida, pero lo es por la sencilla razón de que la vida es eminentemente el gran aprendizaje. Por eso, al ir al pasado y hacer presencia en los momentos del 19 de abril de 1810, venezolanos y latinoamericanos entendemos aquellos acontecimientos como un vivo aprender de lo que ocurría y ocurre en este presente.
Tampoco tenemos que inventar tonterías, pues la historia asume con la misma fuerza lo que dicen los tontos que lo que hablan los individuos inteligentes y luego, en libre albedrío deja que los acontecimientos se desencadenen, con las consecuencias inimaginables –quizá predecibles- que suelen impactar severamente a los humanos.
Desencadenante energía libertadora
El abril de 1810 fue un portal del pasado, que trajo a nuestro presente la más desencadenante energía libertadora que soñaban nuestras mujeres y hombres, no solo venezolanos sino americanos todos del sur.
Argumento con el apoyo del notable Rufino Blanco Fombona y parte de su trabajo recopilado en los Ensayos Históricos (1), en el Capítulo II, La Independencia, concerniente al tópico relativo al tema La Evolución Política y Social de Hispanoamérica.
Al tratar el carácter de la revolución, Blanco Fombona consideró que a fuerza de ser una potencia conquistadora, los españoles ejercieron la soberanía en nuestras tierras de acuerdo “con su carácter y educación nacionales, como mejor le parecía. Era lógico. Reprocharle su conducta, sobre ocioso es absurdo, y probar que se ignoran las leyes sociológicas”.
Pero también alega que condenar la revolución sería igualmente ignorancia de las mismas leyes. Su planteamiento es interesante y válido para quienes hoy día, en este siglo XXI, se plantean y reclaman la necesidad de hacer la revolución en sus tierras.
De vuelta a la revolución
A nuestro modo de ver, esa manera, ese carácter y esa educación fueron heredados por las oligarquías nacionales de América Latina; hubo pues, modificaciones, distintas maneras de vestir que facilitaron el manejo de la soberanía por parte de los grupos de poder que se conformaron en el transcurrir del tiempo.
De vuelta al ensayista, éste escribe que “Para fines del siglo XVIII ya estaba en sazón en América una raza de hombres, hijos de conquistadores y colonizadores europeos, que podían dirigir una corriente de opinión adversa a la madre patria; las circunstancias exteriores fueron propicias, y sobrevino la Revolución de la independencia”.
¿Hay que hacer mucho esfuerzo para expresar que nosotros, los latinoamericanos de hoy día, hijos de los hijos, de los hijos de los hijos, etc., de quienes vinieron a estas tierras hace siglos, con una mezcla exquisita, un mestizaje increíble, con un nuevo modo de ver la vida y con un carácter completamente distinto, no debemos plantearnos la revolución o retomar la iniciada por nuestros primeros padres? ¿Acaso no tenemos derecho a tener una opinión adversa a quienes han controlado nuestros países por siglos?
Sigamos con este importante intelectual.
Blanco Fombona refiere que “La Revolución se hará con máximos ideales: para establecer la nacionalidad, en vista de la inferioridad política de las provincias y de sus pobladores, y para mejorar, como era natural, el régimen económico”. Y después añade:
“En plena decadencia política (pudiera decirse lo mismo de ciertas democracias actuales), industrial y mercantil; entregada a un rey inepto como Carlos IV, a una mujer liviana como María Luisa y a un favorito de alcoba como Godoy, España, ciega y paralítica, no podía conducir a los que tenían ojos y piernas, a un pueblo situado a dos mil leguas de distancia, con población y territorio mayores que los de la metrópoli, animado en sus mejores hijos del espíritu revolucionario de 1789 y con fuentes de riquezas maravillosas que estaba mirando inútiles por la incuria e incapacidad de los dominadores”. El típico carácter imperial muy bien descrito por Rufino Blanco Fombona.

 
BLANCO FOMBONA, Rufino
Ensayos Históricos
Biblioteca Ayacucho

Nuestros padres lucharon por instituir la nacionalidad


Son interesantes los ensayos históricos de Rufino Blanco Fombona y especialmente los relativos a la revolución que se dio en América Latina, porque le permite dejar bien claro, las razones por las que discutieron, protestaron y lucharon nuestros padres, hace cuestión de dos siglos.
Este escritor, poeta y político en el libro Ensayos históricos (1), pareciera llamarnos a capítulo como suelen decir algunos para recordarnos que “el móvil de la fundación de los sistemas políticos ha sido un móvil económico”, y que “siempre se ha tratado por cierto número de hombres de llegar a un grado superior de bienestar material”.
“Pero recordemos también – apunta- que el anhelo de nuestros padres no se limitaba a una mejora económica exclusivamente. Era mayor su plan. Luchaban por instituir la nacionalidad, pensamiento al cual estaba subordinado el de beneficios materiales; o con más propiedad, toda aspiración o móvil subalterno quedaba comprendido en el anhelo de adquirir patria. Sus ideas económicas fueron claras. Ellos rompieron desde el principio con el sistema de exclusivismos y monopolios de la madre patria, ofrecieron el país al comercio del mundo y decretaron libertad de industrias. Algunos de los prohombres de la Revolución, como D. Mariano Moreno, tenía a este respecto ideas muy sensatas, en oposición con las imperantes”.
Este poeta consideró una realidad que algunos han discutido y mal entendido y hasta tergiversado, como es el hecho de que la revolución iniciada por los blancos criollos de nuestra tierra, inicialmente y así lo indica la lógica, el sentido común, partió de aquellos blancos criollos calificados por algunos como blancos nobles criollos.
El basamento de la nueva sociedad
El mismo Fombona, al tratar el asunto de las castas hace este comentario:
“En aq uel baraje de razas que se produjo en la colonia, y de donde saldrá el basamento de la nueva sociedad, una casta se conservará incontaminada, incólume, orgullosa, pura: la casta criolla, el blanco americano, vástago de conquistadores y pobladores, que será una suerte de nobleza, y que así se llama. Los hombres de esta casta pudieron cohabitar con indias y aún con negras; pero al fruto de esos placeres no lo elevaban socialmente a la condición del padre. Quedaba siendo pueblo”.
Y más adelante:
“Apurado de dinero y poco escrupuloso, dictó el Monarca de España, a promedios del siglo XVIII, una cédula que se vendía a pardos y mestizos. Se llamaba Cédula de gracias al sacar. Según tarifa, proporcionada a la mayor o menor cantidad de sangre africana, se declara por dicha cédula blancos a los que no lo son. Los americanos blancos pusieron el grito en el cielo. (2)
Refiere el escritor que, “Con ese espíritu de toda agrupación, espíritu de defensa y exclusivismo (realidad apreciable en los equipos deportivos de la actualidad. PE) que hace posible la armonía y aún la existencia entre los distintos centros sociales, los blancos se unificaron y defendieron contra las clases étnicas inferiores y ante el Rey. Porque la cuestión era para ellos de mucha entidad. No es que el pardo, por un decreto comprado, fuera igual étnicamente al blanco, sino que ascendía, en principio, al nivel social de éste, y era apto desde ese punto para ejercer aquellas escasas funciones, más aparatosas que importantes, que el español concedía al colono blanco, pero que bastaban, sin embargo, para conferir a éste el primer puesto en el país donde vivía”.
Y luego acuña:
“La gente de color, encontrando el obstáculo de los criollos, no pudo, a pesar de las cédulas reales, obtener preponderancia social ni política durante la colonia”. Ya sería la República, comenta este ensayista, la que le permitiría a la gente de color obtener esa preponderancia.
Una cita de Francois Raymond Depons, que inserta Blanco Fombona, da colorido al comentario en su ensayo cuando refiere que “En el trópico las mujeres son ardientes. Algunas señoritas blancas tenían hijos de amores clandestinos, hijos que abandonaban a la puerta de las iglesias. Los varones sobraban quien los recogiera. Las hembras iban a parar a menudo en manos de alguna familia parda caritativa”.


(1)
BLANCO FOMBONA, Rufino
Ensayos Históricos
Biblioteca Ayacucho, 1981.
(2)
BLANCO & AZPÚRUA, Recopilación
Documentos para la historia del Libertador, Vol 1.

domingo, 18 de abril de 2010

En los tiempos de 1810, un joven difícil de manejar

No es fácil ni hablar ni escribir sobre el hombre que ha llevado sobre sus hombros la historia de la libertad del continente americano del sur como lo es el Libertador Simón Bolívar, y mucho menos para un curioso como este comunicador quien escribe y que siempre intenta hacer lo mejor posible en ese sentido, y que, gracias a historiadores, investigadores y demás profesionales acuciosos que han hurgado en la vida de este héroe permite conocer aún mas a este gigante.
Augusto Mijares, por ejemplo, en el prólogo de Doctrina del Libertador (1), al referirse al pensar, a esa ética del guerrero, precisa que “Sí: solamente aquellos escrúpulos morales podían detener al infatigable. Y haberlos conservado intactos hasta el término de su vida, a través de tantas perfidias y desilusiones, es uno de los rasgos más hermosos de su carácter”.
Aun siendo magno, cuya elevación está por encima de nuestra inmensa geografía en América Latina y en otras partes del mundo, Simón Bolívar resulta ser un hombre que cada día se encuentra más cerca de nuestros surcos, de nuestros polvorientos caminos y de nuestras calles y modernas avenidas y si algunos no comparten esa idea, al menos lean de otros la manera como su personalidad se desarrollaba entre esos días y meses que giraban alrededor de 1810. Sobre su conducta de aquellos tiempos, el estadounidense Waldo Frank (2) escribía:
“Simón Bolívar fue nombrado juez de paz de San Mateo, y ello dio también lugar a una escaramuza. La costumbre exigía que los nuevos funcionarios americanos nombrados por el rey se trasladaran a Caracas para prestar juramento, cualquiera que fuese la distancia del lugar en que vivieran.
Simón estaba demasiado atareado en sus cosas, y envió a su hombre de leyes con poderes para que hiciese de procurador suyo. El tribunal real insistió en que compareciese personalmente. Simón Bolívar se negó a ir y calificó la exigencia de abusiva y molesta, sin más fundamento que la arbitrariedad de los de arriba, es decir, de los españoles, y el servilismo de los criollos.
Joven difícil de manejar
El nuevo capitán general de Venezuela, Vicente de Emparan, que acababa de llegar de España, estimó que aquel joven (Simón) era difícil de manera, pero no lo creyó peligroso. Se hicieron amigos. Durante una alegre comida de hombres solos, en Caracas, Bolívar se puso en pie y brindó por la independencia de América. Emparan, que se hallaba presente, sonrió sin darse por enterado. Se descubrió una conspiración. El capitán general impuso un castigo suave a Bolívar, que estaba complicado en ella, desterrándolo durante algunas semanas a sus tierras de San Mateo. Encargó al marqués de Casa León que hablase con el simpático joven, a fin de que no fuese demasiado lejos en aquel jugar a la insurrección, que estaba de moda. Simón Bolívar le escuchó en silencio, respetuoso, y luego le dijo: “Muy bien dicho, marqués. Pero nosotros hemos declarado la guerra a España, y habremos de ver lo que habremos de ver”. Hallábase Bolívar tranquilamente en San Mateo cuando, el 19 de abril de 1810, los ciudadanos más activos de Caracas se apoderaron de la Capitanía General, llevaron a viva fuerza a Emparan hasta el Cabildo y le obligaron a renunciar a su cargo”.
Como señalamos al principio, no es fácil escribir de este héroe, así como tampoco lo es definir su carácter, aunque asombre por la calidad del mismo. El periodista e historiador Antonio “Chino” Manrique (3), precisamente sobre esa parte muy humana de Bolívar, escribe:
“La falta del amor y cariño de los padres, fue sustituido por el de las hermanas, los tíos y algunas negras esclavas: Matea e Hipólita, especialmente de ésta última, y de una vecina de su casa que había nacido en Cuba, Doña Inés Manceba de Miyares, quien lo amamantó en sus primeros meses”.
Y más adelante, Manrique sigue:
“No obstante, que la mayoría de sus biógrafos ha dejado sentado el sentimiento triste del niño, su carácter resultó temperamental. Arístides Rojas, por ejemplo, en sus Leyendas Históricas de Venezuela, nos dice: “Insoportable pareció desde su tierna edad el niño Simón Bolívar. No podía con él ni la madre, ni el abuelo, ni los tíos, pues solo obedecía a sus instintos y caprichos, se burlaba de todo, haciendo exactamente lo contrario de cuanto se le aconsejaba. Inquieto, inconstante, voluntarioso, imperativo, audaz; poseía toda la fuerza del muchacho a quien le han celebrado sus necedades, haciéndole aparecer como una cosa nunca vista…”

MIJARES, Augusto
Simón Bolívar
Doctrina del Libertador
Fundación Biblioteca Ayacucho, 2009
 
FRANK, Waldo
Simón Bolívar, nacimiento de un mundo
Fundación Editorial El perro y la rana, 2006
Ministerio del Poder Popular para la Cultura
Venezuela
 
MANRIQUE, Antonio
Pléyade de Héroes
Fondo Editoorial Editorial, 2010  

viernes, 16 de abril de 2010

Simón, el de la energía bicentenaria

En este tiempo bicentenario de nuestra independencia, siempre será bueno conocer más del hombre que nos dio la libertad a costa de su propia vida y las riquezas que poseía.
Simón Bolívar, como cualquier ser humano, tuvo una vida con sus altas y bajas, de lo cual no hay dudas y especialmente si tomamos en consideración como fue su infancia, impactada por la desaparición de sus progenitores, además de otras situaciones que debieron haber dejado huella en su corazón, como aquellas que tenían que ver con las relaciones con sus familiares, tutores, la temprana muerte de su esposa y otras más, que habrían contribuido a crear esa mezcla que otorgó personalidad a ese magnífico hombre.
El estadounidense Waldo Frank, Doctor en Letras de Yale, fallecido en 1967, escribió una biografía sobre el Libertador y que fue recogida en su libro “Simón Bolívar nacimiento de un mundo” y que la Fundación El perro y la rana, del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, publicó en el 2006, en la Serie Testimonios de la Colección Alfredo Maneiro.
Interesante conocer esos detalles de la vida de Bolívar, que difícilmente habrían aparecido en un libro de historia para conocimiento de nuestros estudiantes, en las administraciones anteriores a la revolución bolivariana. Es un punto sin discusión.
Waldo Frank escribe que cuando Simón Bolívar nació, “su padre tenía cincuenta y siete años, y su madre, veinticuatro. Llamábase ésta María de la Concepción de Palacios, y descendía de familia noble, aunque moderadamente rica. Cuenta una leyenda que el muchacho era tan testarudo y rebelde, que su madre, viuda, le envió a vivir con el abogado de la familia, el astuto Miguel José Sanz; pero que este lo encontró también tan ingobernable que se lo encomendó a Simón Rodríguez, joven extremista, lector de Rousseau. Todo ello resulta improbable. Doña María gobernaba airosamente sus propiedades y a sus hijos. Era una mujer de carácter, y a ella salieron en energía y rasgos distintivos la hija Mayor, María Antonia, y el hijo más pequeño, Simón. Los dos hijos intermedios, Juan Vicente, el heredero, y Juana, tenían los ojos azules, el cabello rubio y la blanda sensibilidad de su padre. El padre de Doña María, Feliciano de Palacios y Sojo, era un hombre de ideas liberales, y su joven amigo, el extremista Rodríguez, le servía de secretario y frecuentaba la casa de la plaza de San Jacinto”.
Refiere el autor que los aristócratas de la sociedad de aquel tiempo, había una inquietud y la atmosfera que se respiraba era de una elegante rebeldía, y de ella respiró Simón en su propio hogar.
Puntualiza en su biografía las características de Simón, que era estudioso, poseía inclinación por la matemática y leía buenos libros y enfatiza al señalar que pocos había que no lo fuesen (al referirse a los libros).
Esos detalles
“Cada uno de los cuatro hijos –cita Waldo Frank- tenía su dormitorio propio, en el que había un crucifijo por encima de las almohadas cubiertas de brocado”.
El escritor hace gala de su investigación al describir con detalles el ambiente en el que se movía el niño Simón:
-“A espaldas del patio de la familia estaban las habitaciones de la servidumbre, que iban marcando un descenso de elegancia, desde el lujo algo severo de las habitaciones de los amos hasta llegar a las caballerizas. Cada patio tenía un atrio de columnas, fuentes y árboles floridos: naranjos, limoneros, trinitarias, jacarandas. Simón iba y venía libremente desde las habitaciones delanteras, donde los señores e intelectuales de la ciudad comentaban el último atropello cometido por la Compañía Guipuzcoana, hasta las habitaciones de las esclavas, ataviadas de blusas encarnadas y anchas faldas azules, y los establos de caballos de raza”.
Se encontró solo
Narra este hombre de letras, que Simón había experimentado dolorosos cambios cuando apenas tenía diez años. “Su madre falleció tuberculosa, y sus dos hermanas, de dieciséis y catorce años, respectivamente, se casaron y dejaron la casa; antes de que se cumpliese otro año, su abuelo materno, Don Feliciano, que había sido su tutor, falleció también. Simón, cuando aún no había cumplido once años, se encontró solo, sin otra compañía que su hermano mayor, con cuyo temperamento tenía muy poco en común. Su tía Josefa, hermana más joven de su madre, se hizo cargo de Simón; pero éste, sentimental e intelectualmente, encontrábase solitario. Llegó entonces la hora de Simón Rodríguez.

martes, 30 de marzo de 2010

La mitad del globo y la gente a quien Dios hizo nacer

Los latinoamericanos debemos estar muy bien informados acerca de los acontecimientos y circunstancias que vivían nuestros héroes independentistas en nuestro pasado histórico, porque es la única forma de comprender lo que sucede en estos días, ya que de una u otra forma tienen una vinculación.
Indalecio Liévano Aguirre, historiador colombiano, esboza un tema pasado que, sin duda alguna, tiene que ver con los nuevos acontecimientos de este siglo XXI.
En su libro Bolivarismo y monroísmo (*), este estadista, conocedor de las ciencias sociales y económicas, recoge el pensamiento del Libertador, en la preparación del Congreso Anfictiónico de Panamá.
“Esta mitad del globo (refiriéndose a América) pertenece a quien Dios hizo nacer en su suelo”, dijo Simón Bolívar en su discurso pronunciado en Santa Fe de Bogotá el 13 de enero de 1815. La definición, bien anterior al mensaje del presidente Monroe, era y ha debido ser la doctrina internacional de los pueblos hispanoamericanos, de las repúblicas que antes fueron colonias españolas; y si ello no ocurrió así, si el hispanoamericanismo de Bolívar fue sustituido por el monroísmo y el panamericanismo de estirpe anglosajona, de tal claudicación de nuestra cultura y de nuestra raza no puede responsabilizarse al Libertador, quien realizó todos los esfuerzos intelectuales y políticos a su alcance para conseguir que la gran hermandad hispanoamericana creara oportunamente las instituciones de colaboración supra-nacional que le eran indispensables para tutelar su personalidad histórica, sus intereses y su heredad común”.
El sueño unificador
-Un sueño (dice el argentino Mitre) suele ser el hilo fijo de la trama de la vida de un hombre. El de Bolívar fue la unificación de l América Meridional. De este sueño sacó sus fuerzas morales para crear una gran potencia militar y llevar sus armas triunfantes por todo el continente, como Alejandro a través del Asia. Su primera intención fue la creación del imperio colombiano. Su segunda visión fue el establecimiento de una Confederación suramericana sobre las bases de una Liga política y militar, regida por una Asamblea Internacional de Plenipotenciarios, a la manera de la liga aquea de Grecia (**).
No sorprende la aversión 
Luego, Liévano Aguirre añade:
“No resulta sorprendente, por tanto, la aversión y alarma que manifestaron los países anglosajones, y particularmente los Estados Unidos, ante la política hispanoamericana de Bolívar, ni el acucioso interés que les indujo a ofrecer su respaldo a cuantos esfuerzos se realizaban entonces para consumar la balcanización de la antigua América española. Una organización política que parcelara a la gran sociedad hispanoamericana en un archipiélago de estados hostiles entre sí, era el marco ideal para los nuevos imperialismos que se proponían ocupar el puesto de metrópoli que España dejaba vacante; y estos imperialismos se iban a sumar, por lo mismo, a la oposición que desatarían los patriciados criollos de Hispanoamérica contra el proyectado Congreso anfictiónico de Panamá”.
Y ayer como hoy, la política imperial se mantiene por la misma ruta, intentando, en las primeras de cambio, fracturar a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA y por supuesto, cualquier gestión política que intente fortalecer la unidad de los pueblos latinoamericanos, como son los casos de Unasur y el nuevo mecanismo regional en el que estarán todas las naciones latinoamericanas y del Caribe, sin Estados Unidos ni Canadá.

(*)

Bolivarismo y monroísmo
LIÉVANO AGUIRRE, Indalecio
Editorial El perro y la rana
Ministerio del Poder Popular para la Cultura
Venezuela

(**)

MITRE, Bartolomé (1890)
Historia de San Martín y de la Emancipación
Sud-Americana. Buenos Aires, Argentina



domingo, 21 de marzo de 2010

Bolívar y su vigoroso instinto del espacio

En “Bolivarismo y monroísmo” (1), del reconocido historiador y político colombiano, Indalecio Liévano Aguirre, encontramos una visión estudiada del autor que nos permite comprender y fortalecer, aún más, la figura del Padre de la revolución americana que fue Simón Bolívar.
Siguiendo los pasos a tan interesante y emocionante visión nos encontramos con lo escrito por el autor, quien señaló que La adecuada comprensión que de los problemas sociales y políticos de Hispanoamérica demostró tener Bolívar en el curso de su existencia, no puede atribuirse a especiales conocimientos suyos en el campo de la economía o de las ciencias sociales, sino a una cualidad peculiarísima de su genio, que algunos de sus biógrafos destacan, aunque sin darle la debida importancia: Su vigoroso instinto del espacio. Bolívar recorrió a caballo gran parte del continente, pero esta hazaña habría carecido de importancia y de consecuencias, de no encontrar, como encontró en su espíritu, el eco originalísimo que el general Julio Londoño describe en los siguientes términos:
Bolívar, como Alejandro, estaba dominado por la categoría del espacio. Pero no se trataba del espacio en si mismo, de la extensión por la extensión a la manera de Atila o Gengis Kan, de Tamerlain o de Filipo, sino del espacio organizado, del suelo convertido en política, del limo transformado en nacionalidad.
Instinto políticoLa opinión anterior del geopolítico colombiano, nos permite comentar que dicho enfoque, dinámico por cierto, tiene vigencia más que nunca y nos hace sentir más orgullosos a los latinoamericanos, al comprobar que líderes como Simón Bolívar, visionario él, vislumbraba de modo poderoso, en su tiempo, las realidades del poder político y militar que hoy daña, perturba, la vida en el planeta.
Muy metido en la historia y en lo político, Indalecio Liévano Aguirre fortalece su opinión inicial al reiterar que “El seguro instinto político de Bolívar y su clara percepción de la poderosa fuerza que lleva en si la vastedad de la extensión territorial le indujeron a decidirse, desde temprano, por las nacionalidades extensas, lo cual no quiere decir que él ignorara o hiciera caso omiso de los poderosos factores de índole geográfica, económica o histórica que conspiraban contra ese tipo de nacionalidades en el continente”.
Ideal unificador
Refiere este autor que el Libertador, en su conocida Carta de Jamaica (1815) ya apuntaba “su ideal unificador y su clara comprensión del valor político y económico de los grandes espacios, pero se descubren también los temores que le asaltan al presentir las tremendas resistencias que le va a ser preciso vencer para oponerse a la definitiva fragmentación de la América española”.
Es una idea grandiosa {escribía entonces Bolívar} pretender formar de todo este mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diversos Estados que vayan a formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, o caracteres desemejantes dividen la América. ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuera para nosotros lo que el de Corinto para los griegos.

LIÉVANO AGUIRRE, Indalecio
Bolivarismo y Monroísmo
Colección Alfredo Maneiro
Editorial El perro y la rana
Ministerio del Poder Popular para la Cultura
Venezuela

lunes, 1 de marzo de 2010

José María España, de la Pléyade de Héroes

En conmemoración del Bicentenario de la Declaración de la Independencia venezolana (1810-2010) y con el apoyo del Fondo Editorial Ipasme, el periodista e historiador Antonio “Chino” Manrique, quien es también creador y Director de la publicación Actualidad Educativa, a finales de febrero de 2010, publicó y bautizo su libro Pléyade de Héroes, en el que vierte, de manera sencilla y amena muchos aspectos que rodearon la vida de quince de nuestros grandes promotores de la independencia en Venezuela y en este continente, aspectos muchos de ellos desconocidos por los venezolanos y latinoamericanos ya que, particularmente quienes escribieron parte de nuestra historia solo registraron lo que favorecía a las clases dominantes sino porque fue mucha la historia nacional excluida de la formación de nuestros niños y jóvenes, asunto denunciado en la década de los setenta.
Y uno de esos personajes que siempre llamó la atención, pero del que poco se sabía, fue José María España, considerado por este historiador como “una de las vidas revolucionarias más importantes de venezolano alguno…quien va a ser una de las cabezas más visibles de la conspiración de 1797 contra la corona (española- PE), la cual agrupó entre otros, a Manuel Gual y a Simón Rodríguez (Maestro de Simón Bolívar), quien se vio obligado a salir abruptamente de su Venezuela natal, y al español Juan Bautista Picornell y Gomilla, uno de los peninsulares que se encontraba confinado en el Castillo de La Guaira desde 1976”.
Este señor Picornell y Gomilla, de quien Manrique precisa que formaba parte de la Conspiración de San Blas, que debía estallar en Madrid en febrero de 1796, estudió en la Universidad de Salamanca e identificado con las ideas revolucionarias procedentes de Francia, escribió diversos tratados, entre ellos, el "Discurso sobre los mejores medios de excitar y fomentar el patriotismo en una monarquía". Por cierto, la conspiración fue descubierta y Picornell vino a dar a las colonias americanas, porque le habían conmutado la pena de muerte a él y otros, por encierro perpetuo en Puerto Cabello (estado Carabobo) y una localidad panameña. Junto a Picornell estaban Sebastián Andrés, José Lax y Manuel Cortés Campomanes.
Narra Manrique que José María España, luego de haber estudiado en Francia y regresado a La Guaira, se entusiasmó por aquellos acontecimientos políticos por los que atravesaban los estadounidenses y la misma revolución francesa.
“Después de conocer ese proceso revolucionario europeo –cita Manrique-, radicalizó su posición independentista, la cual enriqueció con la cantidad de franceses presos y transeúntes en las Antillas que tocaban en el puerto de La Guaira”.
Es interesante señalar, que José María España estuvo muy motivado por las ideas revolucionarias y pese a que ostentaba en 1793 el cargo de Teniente de Justicia Mayor de Macuto, para el que lo nombró el Gobernador y Capitán General Pedro Carbonell, favoreció la fuga de los revolucionarios españoles que estaban presos en La Guaira y si bien fue descubierta esa acción después, España seguía con sus inquietudes, al punto que Antonio Manrique dice que “…se convirtió en un conspirador y editor de impresos de neto corte subversivo y anticolonialista. Uno de esos panfletos comprendió los Derechos del Hombre, proclamados el año anterior, 1792, en París”.
El historiador deja entrever que en las circunstancias del acercamiento con los revolucionarios españoles ya venía dándose igualmente su relación con Manuel Gual, quien si bien residía en la población de Santa Lucía, por razones familiares pasaba largo tiempo en La Guaira. Lo cierto de todo es que ambos se involucran en la fuga de los de los revolucionarios españoles.
La Conspiración de Gual y España
Refiere el historiador que el complot guaireño, de 1797, donde por cierto también participaba Simón Rodríguez, comienza a desmoronarse cuando son detenidos los barberos Francisco Javier de León y José Chirinos y además de Juan Antonio Aponte y Manuel Montesinos y Rico. De acuerdo a Manrique “Éstos le habían propuesto al capitán Domingo Antonio Lander que se incorporara a un movimiento conspirativo de blancos y gente de color. Esta invitación, conllevó la información de los planes al cura Juan Vicente Echeverría, del Sagrario de la Iglesia Catedral de Caracas. Éste a su vez pasó la información al Arzobispado y de éste, llegó al Capitán General. Luego vinieron las detenciones. Siguieron las fugas hacia el Caribe de Manuel Gual, Juan Xavier y José María España, sin obviar las no pocas ejecuciones”.
España regresó al puerto de La Guaira de modo clandestino, en 1799, pero fue “delatado por quien hemos llamado la Judas de La Guaira. Fue una de sus vecinas, María Herrera, quien lo vendió por 12.000 pesos, una fortuna para aquella época, de los cuales recibió una primera parte de 4.000 pesos”, escribe el periodista e historiador.
El imperio español lo ahorcó y descuartizó
Manrique inserta la opinión escrita de otro historiador, Gil Fortoul, para referirse a la manera como fue tratado España luego de la delación:
“Juzgado en Caracas, se le condena a muerte el 6 de mayo. Dice la sentencia que sea sacado de la cárcel, arrastrado a la cola de una bestia de albarda, y conducido a la horca, publicándose por voz de pregonero su delito; que muerto naturalmente en ella por mano del verdugo, le sea cortada la cabeza, y descuartizado; que la cabeza se lleve en una jaula de hierro al Puerto de La Guaira, y se ponga en el extremo alto de una viga de treinta pies, que se fijará a la entrada de aquel pueblo por la puerta de Caracas; que se ponga en otro igual plano uno de sus cuartos a la entrada del pueblo de Macuto, en donde ocultó otros gravísimos reos de Estado, a quienes sacó de la cárcel de La Guaira y proporcionó la fuga; otro en la vigía de Chacón, en donde tuvo ocultos los citados reos de Estado; otro en el sitio llamado Quitacalzón, río arriba de La Guaira, en donde recibió el juramento de rebelión contra el rey, y otro en la Cumbre, donde proyectaba reunir la gente que se proponía mandar; que se confisquen todos los bienes que resultaren ser suyos, y se ejecute…”
En realidad, el imperio español ya tenía víctimas criollas y europeas a granel, pero fue tal el odio desatado contra los revolucionarios locales, cuyo único pecado fue tener en sus corazones el sueño de independencia y libertad que convirtieron una carnicería la muerte de España, quien fue en la Plaza Mayor (actual Plaza Bolívar); su esposa junto a sus dos hijos fue encerrada en la cárcel de La Misericordia, lo que es conocido hoy como Parque Carabobo y luego la confinaron a Cumaná. Es bueno saber, como escribe Antonio Manrique, que, “el Protolíder y Precursor de nuestra independencia, Sebastián Francisco de Miranda, se cruzaba comunicaciones con los conspiradores de Caracas y el Litoral, especialmente de este último sitio y estaba al tanto de lo que ocurría en su Venezuela natal”. La historia en la Pléyade de Héroes del periodista e historiador Antonio “Chino” Manrique, dice muchas cosas que venezolanos y latinoamericanos en general necesitamos saber, porque ellos comenzaron a construir nuestras sociedades.