Sociedades Americanas en 1828

La juventud americana necesita abrir los ojos sobre su situación, y los niños tienen que aprender a leer. Los jóvenes que han de reemplazar a los padres de hoy, deben pensar y escribir mejor que sus abuelos, si quieren que en América haya patria y lengua. Esto no lo conseguirán con escrúpulos, ni con burlas, ni con puntitos de erudición.
Simón Rodríguez, en Sociedades Americanas en 1828



sábado, 11 de abril de 2009

El método de "historiadores" feudales y liberales


Por allí, en algunos papeles, quedó impresa, una endeble versión en la que Karl Marx había emitido una opinión nada favorable sobre el Libertador de América, Simón Bolívar, asunto que de acuerdo al fallecido (2000) político colombiano Gilberto Vieira, en un artículo publicado en 1942, “Se trata de de una especie de recopilación de datos biográficos sobre Bolívar, que destaca todos los aspectos oscuros de su vida prodigiosa. Marx transcribe documentos sobre hechos tales como la injustificable entrega de Miranda a los españoles y el fusilamiento de Piar y hace ligeras referencias al contenido anti-democrático de la Constitución de Bolivia y a las veleidades ideológicas del Libertador, y llega hasta poner en duda sus méritos como militar”.
Vieira, quien fue uno de los fundadores del Partido Comunista Colombiano, refirió en su escrito (registrado en la compilación Bolívar visto por marxistas (1), hecha por Jerónimo Carrera (miembro del Comité Central del Partidos Comunista Venezolano), que la recopilación de datos biográficos sobre Bolívar responde a un método de análisis “…que nada tiene que ver con el marxismo y que han puesto en práctica “historiadores feudales y liberales. Consiste en resaltar todos los aspectos negativos del personaje en cuestión sin ocuparse para nada de sus aspectos positivos. Algo semejante practicó Walter Scott con Napoleón, exhibiéndolo –en doce documentados volúmenes- como un monstruo salvaje. Algo parecido pretende hoy día (en la década del 40) Fernando González (2) con Santander, a quien presenta como un amago de hombre, con alma de recaudadora. Y todo eso a base de hechos. Sólo que Napoleón y Santander –lo mismo que Bolívar- al lado de sus defectos innegables tuvieron cualidades ilustres y sus faltas palidecen ante el brillo inmortal de las hazañas que realizaron en la lucha por el progreso social, contra las viejas estructuras caducas, condenadas por la historia”.
Por cierto, cuando Fernando González tiene listos sus manuscritos para la impresión del libro sobre Bolívar (según el constitucionalista Javier Henao Hidrón en su discurso de recepción en la Academia Antioqueña de Historia, Medellín), hace referencia a la dedicatoria al “mayor Santander y al general Páez”, que habría hecho González y al explicar las razones de la misma escribe:
“Porque mientras Bolívar es conciencia continental y, a veces cósmica, Santander y Páez representan conciencias regionales y actitudes egoístas y mezquinas en el escenario de las guerras libertadoras y después en el marco de la Gran Colombia, ideada y forjada por aquél”.
Un escrito que Marx no publicó
De vuelta al juicio marxista contra Simón Bolívar, con el intertítulo Un escrito que Marx no publicó, Gilberto Vieira se pregunta:
¿Cómo es posible que el genio inconmensurable de Carlos Marx escribiera ese artículo, donde no se encuentra un solo concepto profundo que recuerde al forjador de “El Capital”; donde no existe nada semejante al análisis anatómico del autor de “La Miseria de la Filosofía”; donde no hay una línea que recuerde el brillante estilo del XVIII Brumario de Luis Bonaparte?
Está averiguado que se trata de un artículo del joven Marx, que nunca publicó ni revisó y que lealmente no puede ser considerado como el concepto del fundador del socialismo científico sobre Bolívar. El Marx que escribió estas líneas no estaba en condiciones de juzgar acertadamente al Libertador. Porque a mediados del pasado siglo, en Europa se tenía el concepto más confuso y equívoco sobre el gran héroe americano. Los documentos que pudo examinar Marx en la biblioteca del Museo británico, eran fragmentarios y parciales. Circulaban entonces libelos difamatorios contra Bolívar de algunos aventureros expulsados de la Legión Británica. Y se tenía, generalmente, una visión recortada y melancólica del Libertador, la correspondiente a los años declinantes de su vida. Mucho tiempo después del informal artículo de Marx aún podía escribir el argentino Domingo F. Sarmiento: “Bolívar es todavía un cuento forjado con datos ciertos; a Bolívar, al verdadero Bolívar no lo conoce aún el mundo”.
Las críticas al Libertador Simón Bolívar, en aquel entonces, no eran nuevas porque la historia registra las intrigas provenientes del mundo diplomático y político estadounidense, dirigidas a socavar el prestigio y el poder político y militar del prócer americano y de hecho, muchas de esas críticas e intrigas hicieron nido en quienes rodeaban al Libertador.
Gilberto Vieira independientemente de formular reparos a la equivocada visión sobre Bolívar, dejó bien claro que ningún marxista verdadero acudiría a una simple opinión de Marx a los efectos de juzgar a una personalidad histórica y luego añade:
“Ni citará las palabras del maestro como los rabinos las del Talmud. Por el contrario, aplicará el método dialéctico de investigación y de análisis. Situará al personaje en el medio, en la hora y en el marco de las relaciones históricas en que actuó. Y analizará las fuerzas sociales de que fue brazo y verbo. Y estudiará, a su turno, la posible influencia de sus actuaciones individuales sobre la marcha de los acontecimientos”.

(1) Reimpreso en el 2002 por Tribuna Popular de Venezuela y Voz Proletaria, órgano del Partido Comunista de Colombia (a propósito de la Conmemoración de los 150 años de la muerte de Bolívar) y que ahora forma parte de la compilación Bolívar visto por marxistas, hecha por Jerónimo Carrera
(2) Fernando González, escritor, autor de una biografía sobre el Libertador titulada Mi Simón Bolívar

viernes, 10 de abril de 2009

Dos retratos del Libertador Simón Bolívar

El conocimiento que podamos tener de los seres humanos, animales y de las cosas que nos rodean, podría parecer semejante si las miradas fuesen echadas desde un solo ángulo y aún así son diferentes, de allí ese refrán que dice que entre gustos y colores no han escrito los autores.
Tal apreciación, por llamarla de una manera, la podemos conseguir cuando son hechas, dos exposiciones sobre el perfil de una persona. En “El libro de oro de Bolívar”, escrito por Cornelio Hispano, seudónimo del poeta colombiano Ismael López, fallecido en 1962, hallamos dos opiniones acerca de quien era El Libertador Simón Bolívar o al menos de cómo era visto este notable guerrero y estadista.

Simón Bolívar visto por G. Miller
Cornelio Hispano señala que el general Guillermo Miller fue soldado de Wellington, de San Martín, de Sucre y de Bolívar y fue calificado de héroe de Junín y en Ayacucho, y comandante general del Potosí, en el tiempo de la entrada triunfal del Libertador.
El retrato que hizo de su jefe Bolívar fue el que describió el poeta Hispano:
"El general Bolívar es delgado y algo menos de regular estatura. Se viste bien y tiene un modo de andar y presentarse franco y militar. Es jinete muy fuerte y atrevido y capaz de resistir grandes fatigas. Sus maneras son buenas y su aire sin afectación, pero que no predispone mucho en su favor. Se dice que en su juventud fue de bella figura, pero actualmente es de rostro pálido, pelo negro con canas y ojos negros y penetrantes, pero generalmente inclinados a tierra o de lado cuando habla(His eyes are dark and penetrating, but generally downcast, or turned askance, when he speakes); nariz bien formada, frente alta y ancha y barba afilada; la expresión de su semblante es cautelosa, triste y algunas veces de fiereza(The expression of the countenenceis care-worn, lowering, and sometimos, rather fierce). Su carácter, viciado por la adulación es arrogante y caprichoso. Sus opiniones con respecto a los hombres y a las cosas son variable y tiene casi una propensión a insultar; pero favorece demasiado a los que se le humillan y con éstos no guarda ningún resentimiento".

"Es un apasionado admirador del bello sexo, pero extremadamente celoso. Tiene adición a valsar y es muy ligero, pero no baila congracia. Su imaginación y su persona son de una actividad maravillosa; cuando no está en movimiento, está siempre leyendo, dictando cartas, etc., o hablando. Su voz es gruesa y áspera, pero habla elocuentemente en casi todas las materias. Su lectura la ha dedicado casi exclusivamente a autores franceses, y de ella provienen los galicismos que tan comúnmente emplea en sus escritos; escribe de un modo que hace impresión, pero su estilo está viciado por una afectación de grandeza que desagrada. Hablando tan bien y fácilmente como lo hace, no es de extrañar que prefiera escucharse a si mismo, que oír a los demás y que mantenga la conversación en las sociedades que recibe. Da grandes convites, y no hay nadie que tenga cocineros más hábiles que él ni nadie que de mejores comidas; pero es tan parco en comer y beber, que rara vez ocupa su puesto en su propia mesa hasta que casi se ha acabado de comer, habiendo antes probablemente en privado uno o dos platos simples. Es muy aficionado a los brindis, los cuales anuncia del modo más elocuente y adecuado, y es tan grande su entusiasmo, que frecuentemente se sube a la silla o a la mesa para pronunciarlos. Aunque el cigarro es de uso corriente en América del Sur, Bolívar no fuma y no permite fumar en su presencia. Nunca está ni se presenta sin la comitiva correspondiente y guarda una gran etiqueta; y aunque desinteresado en extremo en lo concerniente a asuntos pecuniarios, es insaciablemente codicioso de gloria".
El Libertador visto por Herderson
El poeta colombiano Cornelio Hispano incluye otro perfil de Simón Bolívar, esta vez de otro extranjero en aquellos tiempos en que el Libertador se encontraba por El Tequendama. Es la opinión del Cónsul general de la Gran Bretaña en Colombia, Mr. Herderson, en nota al canciller Carning, de 28 de noviembre de 1826:
"La estatura del general Bolívar no es tan pequeña como generalmente se dice. Es delgado, pero tiene las mas finas proporciones. Su tez es ahora obscura a causa de su vida pasada a la intemperie. Cuando no habla, su semblante toma el tinte de la melancolía. Su pelo es negro, ligeramente rizado y tan bien dispuesto por la Naturaleza, que deja despejada su ancha frente. Ojos obscuros y vivos. Nariz romana. Boca notablemente bella. Barba más bien puntiaguda. Cuando le hablan baja regularmente la vista, circunstancia que permite a su interlocutor hablar sin ser perturbado por la viva penetración de su mirada. Su voz es algo ruda, pero él sabe moderarla haciendo grata la conversación con su franqueza y exquisita amabilidad. Su presencia es distinguida y atrayente, con todos es condescendiente y afable. Cabalga y camina con gracia y baila el vals con animación y elegancia. Tiene la destreza y tacto de un gran orador, llegando en ocasiones hasta la elocuencia. La viveza de su ingenio, ya sea produciéndose en público, ya en conversaciones confidenciales, puede compararse con su decisión y presencia de ánimo como general".
Dos puntos de vista sobre la personalidad de Simón Bolívar para los lectores, aunque en la historia encontraremos los más variados perfiles que han hecho otros seres humanos de este gigante americano.

jueves, 2 de abril de 2009

La emoción de unidad americana


El prólogo escrito al texto “Para nosotros la patria es América”, Bolívar, (*) del reconocido venezolano escritor y autor de Las Lanzas Coloradas, conductor de ese valioso programa que hizo llamado Valores Humanos, Arturo Uslar Pietri, no tiene pérdida.
Unas trece páginas del notable escritor nos conducen hacia la visión de aquellos americanos y su grandeza, que vieron un mundo completamente distinto al existente en aquellos tiempos donde el viejo mundo se desgastaba con sus luchas intestinas.
Escribía Uslar Pietri que “Asombra que aquellos hombres, formados en una tradición estrecha y localista, pudieran alcanzar una concepción tan amplia de la geografía y de su historia. Que no pensaran en términos del lar nativo y de la comarca ancestral, que se abstrajeran de una Europa dividida por los particularismos históricos y las ambiciones nacionales, para concebir un Nuevo Mundo, en una dimensión continental. No pensaban en Venezuela ni en la Nueva Granada. Hasta los nombres los iban a alterar para hacer más patente la presencia de las nuevas posibilidades. Pensaban en términos de masas continentales, de millones de leguas y de millones de hombre, en jurisdicciones políticas dentro de las cuales pudieran nacer y morir los más grandes ríos de la tierra, donde los Andes fueran un accidente geográfico y el Caribe un mar interior. Se sentían unos y los mismos desde el altiplano de México hasta el estuario del Río de la Plata y no concebían, sino como una caída y hasta como una traición, una América dividida en pequeñas y rivales naciones”.
Bastante cerca de los héroes sudamericanos con su pensamiento, el escritor venezolano escribía que “Era la herencia del viejo sueño del Nuevo Mundo que venía fascinador y viviente desde la época misma de la conquista. Era una emoción de unidad y continuidad sobre la que habían caído, como leves y transitorias cicatrices, las demarcaciones administrativas de la Corona. Para los Conquistadores todo era uno y lo mismo. Se iba de Cuba a México como Cortés, de México al Perú como Alvarado, del Río de la Plata a La Florida, como Alvar Núñez, de Lima al Amazonas y a Venezuela como Lope de Aguirre”.
“No pasaban fronteras –se siente el énfasis en la escritura de Uslar Pietri- sino que incorporaban espacios para una misma empresa. Las Indias, el Nuevo Mundo y más tarde América fueron vistas como un todo. Y como un todo se concibió su destino en el alma de los grandes reformadores y utopistas. Cumaná, La Española y Chiapas eran lo mismo para Fray Bartolomé de las Casas. Fue Obispo de los Confines, es decir, del extremo por donde la tierra vieja se prolongaba en la nueva. En el sentido viviente de su lengua la palabra frontera no significaba una raya infranqueable sino una zona abierta para el avance y la incorporación”.
El escritor señaló que España había nacido de una frontera que caminaba hacia el Sur y que el Nuevo Mundo había sido hecho con una frontera abierta, “…como una rosa de los vientos que en cincuenta años abrió todos sus rumbos”.
Y por supuesto, como una cosa depende de la otra, es aquí donde Uslar Pietri remarca ese sello histórico de las tareas de quienes hicieron nuestras patrias a punta de ideas y fuego valeroso:
“La idea de independencia no fue sino una consecuencia de la idea de Mundo Nuevo. Se pensaba en un destino para la inmensa extensión geográfica. No en la suerte peculiar de una provincia. La independencia no podía ser sino una hazaña americana y así la entendieron y la expresaron quienes la concibieron. Los hijos de la Capitanía venezolana fueron de los más visionarios y tenaces de entre ellos, y el primero de todos, el caraqueño Francisco de Miranda, nunca habló sino de América y del Nuevo Mundo como una totalidad indivisible”.
Ciento ochenta y ocho años después, los americanos del sur tienen de nuevo ante si el reto de la unidad. Asediada como siempre por sus enemigos tradicionales, Latinoamérica busca las rutas que le permitan emerger de modo soberano y sin las imposiciones del nefasto colonialismo.

(*)
Para nosotros la patria es América Simón Bolívar
Colección Claves de América
Biblioteca Ayacucho
El libro Popular Latinoamericano
Clave para la Integración

sábado, 21 de marzo de 2009

La inteligencia del Libertador



Los latinoamericanos sabemos que Simón Bolívar fue un hombre inteligente. Un sencillo análisis basta para comprobarlo, como es que fue un hombre que se lanzó en una increíble guerra contra los realistas españoles, quienes para la época tenían uno de los ejércitos mejores dotados del mundo, y los venció, otorgándole libertad a varias naciones, luego de haber intervenido en un sin número de batallas.
De ello no queda duda, sin embargo, saber cuán inteligente fue ese hombre inmortal es necesario saberlo. Por supuesto, sobre el particular nos limitamos a exponer lo que otros dedicados investigadores y escritores han plasmado en sus trabajos sobre nuestra historia.
Escarbo en los “Ensayos históricos” del ensayista y poeta venezolano Rufino Blanco Fombona, editado por la Biblioteca Ayacucho en 1981, donde el escritor nos deja conocer más de cerca de este valiente sudamericano.
“Exagerado en todo –dice Blanco Fombona-, lo fue también en inteligencia. Mantiene en perfecto equilibrio de exageración e inteligencia, su voluntad, su previsión, su ambición, su pugnacidad, su elocuencia y aun su mordacidad”.
Escribe este autor que “La inteligencia se descompone en cinco aptitudes intelectuales superlativamente desarrolladas en el Libertador: la memoria, la imaginación, la atención, la inspiración y el juicio. Su espíritu se manifiesta a menudo por intuiciones, como en la carta de Jamaica; pero el espíritu de análisis lo acompaña en obras decisivas como el mensaje de Angostura en 1819 y el Mensaje al Congreso de Bolivia sobre la Constitución boliviana en 1826, demostrando, según las circunstancias, capacidades que parecen excluirse”.
Dice luego este polémico escritor, siempre refiriéndose a Bolívar que “Su inteligencia aparece fulminante en la concepción, brillante en la expresión y original en la orientación. Aun en materias que no tienen por qué haber estudiado a fondo como el Derecho y que se prestan poco a la inspiración y a la originalidad, deja su huella. Es el único que completó a Montesquieu, -escribe un tratadista de Derecho Constitucional- agregando a las tres ramas en que el filósofo de Francia divide el Poder Público, el Poder Electoral o Electorado”.
“Su inteligencia no se externa por sugestión de otras inteligencias, sino en contacto con las realidades: así se explica su proyecto de Senado hereditario, y su institución del Poder Moral, tan combatidos ambos por los demás revolucionarios de entonces y por los revolucionarios teóricos de más tarde. Tenían por objeto, el uno, crear elementos de gobierno donde no había; y el otro, echar bases morales en una sociedad desmoralizada, -y no transitoriamente-. Tengo poca fe en la moral de nuestros ciudadanos, pensaba (Bolívar). La historia de América durante el siglo XIX prueba que los conocía”
Es interesante hacer un alto aquí para referirnos a Rufino Blanco Fombona, de quien el fallecido profesor Jesús Sanoja Hernández dijo en el prólogo los “Ensayos históricos” que Blanco Fombona “es el modelo referencial de quienes construyen una personalidad por encima de escuelas y partidos y a la postre sólo tienen ese yo para defenderse”.
Refirió Sanoja –también periodista y quien dio en la Universidad Central de Venezuela, UCV, la cátedra Historia de las ideas políticas, refirió también que “Uno de los dones que más repartió (Blanco Fombona) en la tierra de exilio fue el del periodismo; en extensión, y tal vez en profundidad, sólo lo superó el trajín editorial, oficio que lo colocó entre la gerencia y la promoción cultural, y que repartió su nombre por el continente, con exclusión de Venezuela, hundida en el silencio. El sabía esto y lo había denunciado cinco, diez, infinitas veces: mis libros no se permiten en Venezuela; los diarios no comentan mis obras; mi labor editorial es ocultada; mi nombre, mi solo nombre, está prohibido. Así se expresaba en libros de apuntes, en cartas a amigos, en artículos de combate.
De vuelta a su visión sobre nuestro héroe americano, Blanco Fombona señaló:
“La inteligencia de Bolívar no pertenece al género femíneo de los cerebros que necesitan para concebir la excitación y procreación ajenas: su talento es espontáneo, original, masculino, virgíneo, creador. En suma, genial”.
Refiere que (a Bolívar) “La memoria le sirve de maravilla. Se acuerda de todo, lo sabe todo. Pasados sus primeros arrebatos y sus campañas de pura audacia ha aprendido en la Escuela de las realidades lo que hay que aprender. Sabe qué vio un día, le conviene para batir al adversario. Aquí atraeré al enemigo y aquí lo batiré, dijo refiriéndose a la sabana de Carabobo. Tiempo después así lo hizo”.
Se refiere a los discursos del Libertador y dice que siempre aparecen llenos de citas y que a veces son excesivas. “”Nunca le falta en la conversación el recuerdo oportuno y la anécdota ilustrativa o amena. Cuando llega a Bogotá, en 1819, después del segundo Paso de los Andes y de la Batalla de Boyacá, saluda por su nombre a todo el mundo, incluso a personas de segundo orden que había conocido durante su breve estada allí a fines de 1814. Algunas de aquellas personas no las había visto quizás sino una sola vez”.

martes, 17 de marzo de 2009

Miranda: Un político con sentido de la realidad.



En oportunidad anterior habíamos dicho que creíamos en la tenacidad de Francisco de Miranda, con la que vivió su vida, empeñado en ese sueño de crear una gran nación para los hispanoamericanos.
Por supuesto que los amantes de la historia de este continente sudamericano, centroamericano y del Caribe han conocido de las aventuras y desventuras reales de Miranda, pero si en algo hay que creer además, es que él no fue un simple soñador, sino un emprendedor inolvidable, sensible e histórico.
Lo que escribe el lituano José Grigulievich Lavretski, en su libro “Miranda, La vida ilustre del precursor de la independencia de América Latina”, libro editado por la Fundación Instituto de Altos Estudios de Control Fiscal y Auditoria del Estado Gumersindo Torres (COFAE) de la Contraloría General de la República Bolivariana de Venezuela, es producto de una investigación apasionada e interesante.
Grigulievich dice que “Más por desesperada que pareciera la lucha, el Precursor se mantiene fiel a su ideal hasta exhalar el último aliento hasta postrer instante en su vida. Por regla general, el Precursor perece en la lucha por sus ideales. La victoria no es su destino, solo la gloria, por ende póstuma, le sirve de recompensa”.
Lo que escribió este autor es relevante porque reitera la tenacidad –de la que hemos hablado- de un hombre como el Generalísimo.
Y luego sigue:
“A primera vista parece como si todas las empresas de Miranda fracasaran. Su servicio en el ejército español termina con la huida a los Estados Unidos; su participación en la Revolución Francesa como político y General, con derrotas, procesos y encarcelamientos. Su expedición de 1806 a Venezuela, con un desastre, y, por último, su actividad como Dictador y Generalísimo de la Venezuela independiente, con la catástrofe, con la Capitulación y su propia muerte. Tampoco se vieron justificadas sus esperanzas en la ayuda de las grandes potencias rivales de España, en particular de Inglaterra. Resultaron irrealizables sus proyectos de Organización estatal de las Colonias en forma de Monarquía constitucional, lo mismo que los de su unificación en un Estado “Colombiano”.
Grigulievich Lavretski, ese historiador que cedió los derechos de su libro sobre Miranda a la Contraloría General de la República Bolivariana de Venezuela, se preguntó entonces:
¿Cabe deducir de ello que Miranda fue un iluso, un soñador fantasioso apartado de la realidad, un infortunado genial? Para luego añadir:
“En modo alguno. El caraqueño era un hombre de sano juicio y un político con sentido de la realidad. De examinar más de cerca y calar más hondo en sus acciones y proceder, puede que muchas de sus derrotas entrañaban elementos de victoria”.
Todos en este mundo en el que vivimos desempeñamos un rol. Conscientes o inconscientes, los seres humanos somos ejecutores de acciones que suelen transformar las sociedades, que las pueden ejecutar, que también las degradan como las guerras.
Algunos de estos seres humanos los ubicamos en una especie de galería: Unos son malvados, otros conquistadores, quizá guerreros, otros son creadores, unos más religiosos, místicos, luchadores, pensadores, inventores, juglares, gobernadores, estadistas, libertadores como Bolívar y pare de contar.
Y en esa especie de galería, donde las actuaciones de muchos seres son caracterizadas, Francisco de Miranda tiene un puesto clave para la historia de Latinoamérica, Central, el Caribe y para Venezuela, como es el de ser un hombre de ejemplo para una patria que recién ahora está naciendo.
Grigulievich dice algo realmente fascinante y descubridor, al señalar que “La grandeza de Miranda radica en que tenía
Justa noción del objetivo final, la conquista de la independencia por las colonias españolas, aunque se equivocara en cuanto a los medios de alcanzar ese objetivo. Es una contradicción inherente a muchos jefes revolucionarios del pasado, y en este plano Miranda no es una excepción”.

jueves, 12 de marzo de 2009

Anticipando conciencia


La filósofa Carmen Bohórquez, en ese interesante investigar de la lógica interna del Generalísimo Francisco de Miranda y de cómo éste lo asumió como su proyecto de vida, nos dice que “Si la participación de la mayor parte de los sudamericanos en el proceso emancipador fue provocada por la dinámica misma de los acontecimientos, todo lo contrario puede decirse de Miranda. Sería verdaderamente difícil encontrar otro que haya estado más consciente de la necesidad de emancipar a las colonias hispanoamericanas, o más comprometido a crear las condiciones necesarias para el éxito de una empresa de esa envergadura. Incluso, podríamos decir que su dedicación fue una escogencia racional, y que las gestiones hechas en el curso de su vida, relacionadas con esta emancipación, parecen obedecer a un plan general establecido desde siempre”.
No es complicado compartir esa visión porque, desde que muchos en este país y en el resto de Sudamérica, hemos tenido conciencia de la existencia de ese héroe y su transitar por el mundo, desde niños lo que hemos leído y escuchado de historiadores y estudiosos de Francisco de Miranda, ha sido eso, es decir, la dedicación de toda su vida por concretar esa visión de la América como una sola nación.
Quizá haya sido todo un plan –como escribe la profesora Carmen L. Bohórquez Morán en el libro Francisco de Miranda Precursor de las independencias de la América Latina- y lo haya pensado desde el mismo momento en que el poder español en estas tierras haya desconocido o ignorado el rol de su padre como Capitán. Eso no lo sabemos, pero en circunstancias en las que se es víctima de una injusticia disímiles elaboraciones ocurren en las mentes de los hombres que los llevan a hacerse planteamientos que tienen como centro una reivindicación por el daño o la afrenta ocasionada. Todo esto entra en el especular.
Se pasea la profesora Bohórquez por esa estela de escritos hechos por Miranda cuando refiere que lo apuntado por este impetuoso militar ponían de relieve el convencimiento de que la emancipación de esta parte de la América era una exigencia histórica que no podía ser postergada por mucho más tiempo.
“En el caso de Miranda –cita- , el hecho de haber asumido esta exigencia tiene tal vez un valor mucho más digno de atención que el que pueda tener para el resto de sus compatriotas. En primer lugar, por la anticipación con la cual se arrogó la tarea de contribuir a realizar dicha emancipación. En segundo lugar, porque supo sobreponerse a sus conflictos personales con el Estado español para actuar en tanto que “agente” de las provincias y de los pueblos oprimidos de América. Poco importa si fue verdaderamente designado como tal, o si fue él mismo quien se definió de ese modo; el hecho es que Francisco de Miranda asumió ese rol y a él consagró enteramente su vida. Más aún, pudiendo escoger entre diversos caminos, entre los cuales algunos le hubieran proporcionado una vida cómoda y seguramente relevante, optó por aquel que, desde todo punto de vista, estaba sembrado del mayor número de dificultades y exigía de él una renuncia total a todo proyecto personal”.
Añadiríamos otro elemento más, en esa larga carrera que se disparó Miranda, en la búsqueda de emanciparnos del Estado español y de crear una gran nación para los latinoamericanos. Pudiéramos hablar de su tenacidad, de esa perseverancia para insistir una y otra vez, sin decaer en momento alguno, por el contrario, viendo cerrar puertas y sin el menor entreguismo, abrir otras que le permitieran seguir soñando con concretar sus planes. Sin duda, es Francisco de Miranda y su batallar, un ejemplo a seguir por todos los latinoamericanos.

domingo, 1 de marzo de 2009

El lado oscuro de esa joven democracia de EE.UU.



José Grigulievich Lavretski, historiador de origen lituano, un académico interesado en los asuntos latinoamericanos y quien publicó en 1960 (en idioma ruso), Miranda La vida ilustre del precursor de la independencia de América Latina, (*), nos refiere que este venezolano universal escribió a sus amigos caraqueños desde Estados Unidos, en 1784, contándoles que fue en Nueva York donde había nacido el plan para conquistar “la independencia y la libertad de todo el continente hispanoamericano con la ayuda de Inglaterra, la más interesada en ello en razón de que España fue la primera en dar ejemplo prestando a las colonias inglesas apoyo en su lucha por la independencia”.
Durante el tiempo que estuvo en esa nación del norte de este continente americano, Francisco de Miranda hizo amplias relaciones con los hombres que formaban parte de la revolución norteamericana.
Grigulievich Lavretski narra en su libro que el prócer criollo conoció al General Henry Knox, quien sería ministro de la Guerra, al aristócrata Alejandro Hamilton (uno de los secretarios de George Washington), Tomás Paine, Filósofo rebelde y al Coronel William S. Smith y otros personaje s importante de la época.
Se desprende que, de esas relaciones el joven Coronel habría pensado que la gesta que se emprendería en el sur del continente, contaría con el apoyo de la nueva nación de habla inglesa, pero al poco tiempo se dio cuenta de que no sería de ese modo, ya que habiendo salido la joven nación de una larga confrontación bélica, no estaban en condiciones de enfrascarse de nuevo en otra guerra y esta vez con España. Por supuesto, ello le conduce a pensar que sería Inglaterra de donde vendría la ayuda para lanzarse a independizar a Hispanoamérica.
El escritor narra que “La joven democracia de los Estados Unidos produjo gran impresión en Miranda. Considera positivos aspectos de la misma como la participación de vastas capas de la población en la gestión municipal, la inexistencia de barreras estamentales, lo extendida que está la enseñanza. Todo esto contribuye al rápido desenvolvimiento económico y cultural de la nueva república. Pero también ve claramente el joven caraqueño muchos lados oscuros del nuevo régimen: la prepotencia de la riqueza, la hipocresía religiosa, el culto al negocio. <>
En su libro, el profesor Lavretski dice que una vez en Boston, en una entrevista que sostuvo con Samuel Adams, abogado y político de renombre y luego muy pronto embajador en Londres, Francisco de Miranda lo puso en aprietos con su crítica de la forma de gobierno norteamericana:
<< ¿Cómo es que en vuestro país –le preguntó- la ley proclama la virtud base de la democracia, mientras que en la realidad todo el poder pertenece a la propiedad? La riqueza es la que gobierna aquí, y no la virtud. ¿No perecerá por ello vuestra república? O tomemos vuestra actitud ante la religión. Vuestras leyes consideran la religión asunto privado del ciudadano, la ley no da preferencia a ninguna secta o culto, pero en la práctica únicamente quienes profesan el cristianismo pueden en vuestro país desempeñar cargos de gobierno, ser legisladores. ¿Acaso esto es justo?>>
Según escribe el doctor Lavretski, Adams tuvo que reconocer la razón que asistía a Miranda. Ese encuentro marcó el comienzo de una duradera amistad entre ellos.
Cita el autor del libro sobre Francisco de Miranda, que John Adams, “que sería el segundo presidente de los Estados Unidos, también recibió a Miranda y departió largo y tendido con él acerca de la situación en las colonias españolas. Posteriormente, John Adams escribiría:
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